Muchas veces he tratado de luchar contra lo que no me gusta de mí. Contra lo que creo que no es bueno para mí. Contra lo que creo no me hace bien de mi misma. Lucho porque me resisto a que esté, lucho porque quiero cambiarlo, eliminarlo, reemplazarlo, lucho porque no quiero que forme parte de mí. Y la lucha, y el foco en eso que rechazo de mi, me desgasta y me cansa, y me pone en un lugar de enfado hacia esa parte. Y me agoto. Peleo y peleo y me canso de pelear por ser alguien que no soy.
¿Pero y qué sucede en esa lucha con lo rechazado?
Que el luchar me aleja de la escucha, de mirar a los ojos a esa parte de mí que necesita expresarse y ser escuchada con los oídos abiertos y el corazón despierto, sin juicio, desde lo que es en realidad. Me aleja de entender para que sirvió esa voz quejosa o orgullosa o esa voz herida o esa niña pequeña o esa exigencia desmesurada….me aleja de comprenderla y de mirarla con buenos ojos desde la comprensión de lo que vivió y de como ajustó esa parte para sobrevivir, para ser vista, para ser querida… Porque es ese momento no había nada más importante que ser vista y amada, y cualquier estrategia para conseguirlo era buena y perfecta.
Por eso si la miro ahora con amor, y la escucho y la atiendo desde la adulta que soy, ella se relaja, y deja de gritar y patalear y se deja abrazar. Aceptar y querer también esas partes de mí, me libera poco a poco de ellas. Al integrarlas y abrazarlas soy más yo, con mi historia y con mi dolor, y puedo salir hacia afuera en paz conmigo y con lo que hubo. Puedo escucharlas y hacer que hablen más bajito para que no decidan por mí.
Yo decido abrazarme, ¿te abrazas tu?
