Antes de llegar a la terapia que estoy ahora probé algunas cosas…Me aventuré en el psicoanálisis, fui a un psicólogo, hice biodescodificación….y debo decir que cada una me aportó algo o me sirvió en cierta medida. No obstante, no fue hasta que llegué a la Gestalt que pude empezar un camino de transformación profundo y duradero que me ha llevado a contactar con la tranquilidad y el bienestar profundos. Y no quiero decir que todos los días sean así, porque como todas, hay días que son complejos o duros o con circunstancias dolorosas que exigen mucha gestión emocional, pero cada vez esos días son menos frecuentes y menos desestabilizantes.
Mi primer día de terapia, fue de pareja. Mi pareja y yo habíamos pasado un verano horroroso lleno de discusiones, malos entendidos y situaciones dolorosas que nos hacían estar muy mal a los dos. No teníamos recursos para salir de las dinámicas en las que estábamos y la relación estaba volviéndose muy estresante y desgastante llena de desencuentros. Así que nos recomendaron una terapeuta.
Y llegó el primer encuentro. Yo estaba nerviosa. No sabía que tipo de terapia era, y estaba bastante desesperanzada en si nos iba ayudar, pero no veía ninguna otra posibilidad. O eso o dejábamos la relación, que era algo que en lo profundo sentía que no tenía que ser. Así que empezamos. Ese primer día se abrió un espacio de escucha y mirada entre nosotros, de comprender al otro y a mi misma en como estaba funcionando, se me abrió un lugar de mirada limpia y neutra que le iba poniendo palabras a lo que nos estaba sucediendo. No solo palabras, sino que era un lugar entre paréntesis de encuentro neutro, que era algo que no pasaba desde hacía tiempo.
Lugar de encuentro. Con eso me quedo. Para mí la terapia desde entonces, es un lugar de encuentro con todo. Con lo que acepto de mí, con lo que rechazo de mí, con lo más doloroso, y con lo más bello también. Es un lugar donde mi niña se siente cómoda para salir y dejarse caer, para llorar y sentir un poquito del dolor que aún vive en ella. Y es solo un poquito cada vez, porque hay mucho dolor y tristeza y mucha rabia y mucha soledad aún en ella. Pero cada vez, es un poquito menos el sufrimiento que carga. Cada día de terapia, la mochila pesa un poquito menos y la vida se aligera. Y con el tiempo, esos poquitos hacen un mucho, y ese mucho cambia cada aspecto de mi vida.
Recuerdo ese primer día. Con agitación y sorpresa a la vez. Me tomó un tiempo en entender que las cosas se podían plantear de un modo distinto, en aceptar la responsabilidad de mi vida, en ver que no soy solo mis emociones, en ser consciente de mis acciones y pensamientos, en aceptar que había un otro dispuesto a acompañarme y en sentir que ya no tenía que hacerlo sola…No tengo porque hacerlo sola, me pueden ayudar para aprender a gestionarme, pueden darme claridad y sostén… De verdad que sentir el sólido apoyo de mi terapeuta es algo que aún me emociona, y tener ese espacio exclusivo para mí me cuida.
Y tú, ¿te cuidas?
